Archive for Marzo, 2010

Crónica de un viaje a Jena (enviado por un lector)


2010
03.23



Llegada a Jena:
La primera vez que uno sale de su ciudad, de la que un buen amigo dice que el mejor lugar es la estación, porque desde allí te puedes ir a cualquier otro sitio, la primera vez, uno piensa, tal vez el avión sea un modo como otro cualquiera de llegar a los rincones más lejanos. Y se acuerda de los monólogos de Gila. Los cinturones del avión son para que no se desparramen los cadáveres; ¿chaleco salvavidas? Ya es mala suerte ir de Madrid y Murcia, y caer en un charco; todos tenemos asignados nuestro día; pues como sea el día del piloto. Y uno entra en el avión después, claro, de que le haya pitado el dinero que llevaba (cinco putos céntimos) el detector antimetales. Y uno entra en el avión, y todo el mundo está en calma. Y se pone el cinturón. Como todos hacen. Al menos eso cree. Pero descubre que no está tan apretado como debería estar. Y siente cada vibración del aparato, nunca mejor dicho, a treinta mil pies de tierra. Y se dice que es la única vez en la que estará tan cerca de un vibrador. Y mientras todo sigue vibrando contempla estupefacto cómo la vieja (perdón, la anciana) que tiene a su lado lee tranquilamente el periódico. Y piensa: esperemos que no sea la sección de esquelas. Y Jena existe, al menos en ese momento, su aeropuerto. Y se abren las puertas, y ante los ojos, cansados ya, del visitante, aparece una chica que podría ser tres veces el visitante, llevando un ramo de flores secas. Y el visitante piensa, o se ha comido las flores, o se ha comido a los que traían las flores. Entonces, detrás de esta mole, descubre a sus amigos. Y se dice: menos mal. Y se marcha con ellos en tren. Y, así se lo cuentan sus amigos, la voz que anuncia la llegada del tren ha de pertenecer o a una hombre que está borracho, o a una persona muy campechana. Porque ha dicho, traducido al español, picha, el tren va a llegá en unos cinco minutos, vamos, eso creo, eso me han dicho. Y después de seis horas de viaje estamos en casa.

Meetings with doctor Strangelove a.k.a Win the Winner:
El café era precioso. Un café para estudiantes con poca luz y mucho silencio. Pero seamos consecuentes con el tiempo, y empecemos por el principio. Nos acercamos a la Universidad, ese centro cultural donde se reúnen animales de todo pelaje, para esperar al doctor Strangelove. Ya se sabe: el amor puede esperar. You can´t hurry love. Y nos acercamos al café, donde nos recibe un camarero con los adorados colores de la tierra patria, el rojo y amarillo de la España nuestra, por decir algo. Y el doctor Strangelove, en pleno uso de sus capacidades mentales, dice, en alemán, claro: estos dos chicos son españoles, España, oeoeoe oe. El camarero, en su mejor español, dice cinco, mientras sirve dos cervezas checas de medio litro. Medio litro para una persona que ha bebido apenas tres litros de cerveza en su vida es mucha cerveza. Y se sientan porque el visitante, seamos sinceros, apenas puede con la jarra de cerveza. Y comienzan a hablar, y el doctor Strangelove pregunta, en inglés, a una persona que había conocido diez minutos antes: ¿qué puedes decirme del amor? Y el visitante, que mira un tanto perplejo a su amigo mientras este le dice, es normal, dice: sé muy poco del amor, porque para saber de amor, como dijo el poeta, haber estado solo es necesario, por decir algo, mientras piensa You can´t hurry love y decide que lo mejor para su cerebro es visitar mundos menos extraños. Queda ya menos de medio litro de cerveza y el doctor Strangelove mira fijamente al chico, y le pregunta, mientras el chico no sabe si ha entendido bien, por los abortos en la postguerra en Andalucía. El visitante intenta decirse You can´t hurry love pero esta vez parece imposible. Y se bebe el resto de la cerveza en un tiempo extraordinariamente breve. Están, habla su amigo, tan cansados; quieren irse a dormir. Y uno piensa, mientras vuelven a casa, que hay gente que puede hablar durante horas para no decir nada.


Nota del editor: obviamente, todo lo narrado por el autor en el párrafo anterior surge de la mente desquiciada de este porque, seamos sinceros, ¿de verdad existe gente como la que se describe en estas líneas?

El día en que vi la nieve por primera vez:
Siempre quise ver la nieve. Participar del cuento de hadas que nunca había sido mi infancia. Y lo mejor, pensaba, era ir a algún lugar frío para contemplar cómo la nieve caía por primera vez sobre mí. Aunque mi amigo me había advertido que nevar, nevaba sobre todo en febrero y marzo. Pensé entonces: con mi suerte, no nevará en diciembre. Y las primeras señales, seamos sinceros, no eran demasiado alentadoras: sol, no demasiado frío, en diciembre, en Alemania. Al menos, las cosas que se dice uno para consolarse, no pasaré frío. Sin embargo, uno de los días, estábamos cansados, y nos quedamos dormidos mientras veíamos una película, al salir a la calle, descubrí, casi extasiado que había nevado. Dos hadas buenas habían pedido nieve para mí. Aunque fue un tanto decepcionante saber que no había visto caer la nieve era precioso saber que la nieve estaba sobre las calles. La nieve sabe que la gente existe porque vive en sus huellas. Un papel en blanco, un mundo mágico donde todo es creado por primera vez. Un día después, caminamos sobre más nieve, mientras yo creía que mis dedos y mis orejas habían desaparecido. No me importaba; era hermoso ser parte de un mundo lleno de nuevas posibilidades, un papel en blanco donde leer tantas vidas.


Una tarta de cumpleaños, y el humo de unas velas que casi queman la camisa de una amiga. Y, como hemos dicho, un pastel exquisito cocinado por dos chicas encantadoras. Y una tierra que contemplar. Y llegó la nieve desde el cielo, en pequeños copos, un día siguiente, un apacible domingo, en una pequeña plaza donde muchas personas habían combatido contra Hitler por la libertad. Y comprendí que el mundo, a veces, puede ser maravilloso. Y la nieve comenzó a caer: déjate llevar por el niño que has sido. Un niño de siete años bajo la nieve pensando en la gente que luchó por hacer de este un mundo mejor. Y sabiendo que los amigos, estén donde estén, son parte de uno mismo. Sabiendo que ellos son parte de los días que vendrán.


Cinco horas con Mario:
Uno de los días en que su amigo, llamémosle Juan Antonio, porque prometimos no dar los nombres verdaderos, tenía mucho trabajo, y el visitante no quería distraerlo, decidió quedar con la novia de Juan. No digamos con la novia de Juan, que se enfada; decidió quedar, mejor así, con la novia de Antonio. Y se convirtió en un placer absoluto escuchar las cosas que ella dice mientras toman una pizza a miles de kilómetros de la ciudad natal del viajero. Se puede ser feliz tan poco: una pizza, el placer de escuchar a una chica tan sencilla como inteligente. Y uno se olvida de sí mismo para escuchar a los demás. Y se habla de trabajo, de amor, de inseguridades, de las sombras de un pasado que nos llevan a ser las luces que somos hoy. Conscientes de nuestra propia fragilidad, intuimos la fragilidad de los otros. Y ella habla, en definitiva, de la vida, de la vida de cada uno de nosotros. Y uno recuerda entonces que la gente buena, a veces, es la que más sufre. Hay gente, pensamos, que puede decir tantas cosas con tan pocas palabras. Que posee la capacidad de expresar las palabras justas para colmar tu sed. De satisfacer tu serenidad. Y el mundo se hace más inmenso si ellos están cerca.

Yo viajé con el muñeco diabólico:
Vivir, desde el principio, es separarse. Saber que debemos volver a nuestras vidas, mientras las personas con las que hemos compartido un tiempo quedan en nosotros, van formando parte de nuestro espacio. Y nuestro tiempo. Llegan las primeras despedidas, caen las primeras lágrimas. Y las primeras sonrisas ante las promesas imprecisas de que ocuparemos alguna vez el mismo espacio y el mismo tiempo. Son las cosas en las que piensas mientras penetras en el segundo avión. Minutos después de haberte sentado, con la tensión ya de saber que te queda poco para volver a tu vida, un niño encantador, de unos cinco años, se sienta a tu lado, y lo primero que recibes es una caricia en forma de patada. La madre advierte al niño que no debería molestar al chico que está a su lado. Tú, muy amablemente, le indicas que no importa. Entonces, cuando el avión empieza a despegar, el niño le pregunta con curiosidad a su madre si el avión va a explotar ahora o después. Ya con el avión en vuelo, intentas dormir un poco, mientras el niño dice, en voz alta, que en el avión no va a dormir nadie porque él no quiere. Y, efectivamente, en el avión, durante la hora y media del viaje, nadie duerme, a causa de las travesuras infantiles de un niño encantador. Bajas del avión y te dices por fin, pero las maletas tardan una hora en volver a tus manos. Y te dices: he vuelto, este país sólo puede ser España. Aunque es bueno sentir las primeras sensaciones de calorcito por el cuerpo en dos semanas.


Joni Mitchell:
Y decidimos, porque no hay nadie a nuestro lado, que acaso una de las personas con las que hemos compartido nuestro tiempo, tan parecida a nosotros, pueda disfrutar de la misma música que a nosotros nos desgarra por dentro en muchos momentos. Es todo lo que queremos. Porque la cultura no es nada si no la compartimos. Porque no somos, así deberíamos entenderlos, más que puertas a otras casas. Y esperamos que alguien, en este mundo, a miles de kilómetros de distancia, esté escuchando la misma música que a nosotros puede desgarrarnos por dentro. Y nos sentimos felices, serenos, ya que recordamos su voz. Y pensamos en las personas que nos piensan. Y sabemos que existimos porque nos piensan. Son las dos de la mañana de un martes cualquiera, suenan los primeros acordes de All I want, y pienso en el viaje, en los amigos, en los días que vendrán: And I´m travelling on a lonely road. Miro con dulzura una tarjeta de felicitación, un calendario de Turingia, mientras saboreo un pequeño trozo de chocolate. Y sé que la memoria es vida. Y saboreo aun más el chocolate. Va por vosotros.

Segundo viaje a Sicilia


2010
03.21


Vida en los aeropuertos:
Coger un avión a tiempo parece, obviamente, destinado a otros que no sean yo. Allí el tiempo, los aviones, tienen la culpa, se detiene, se eterniza. Parece obvio que si Cervantes habría vivido en estos días habría empezado a escribirlo en uno de estos lugares tan asépticos donde esperar, esperar y esperar tu avión hace que debas distraerte con algunas de las actividades más extrañas. Algunas personas incluso leen y creo sinceramente que podrían leer las dos partes de El Quijote y una tercera si Cervantes la hubiera escrito. Tiempo tienes, es obvio, si debes esperar tres horas en Roma, tres en Catania, y así y así y así. Salir de día para llegar de noche y sabes que una amiga, ya una verdadera amiga te espera en el aeropuerto para llevarte a ese pequeño pueblo llamado Letojanni, en el que una pequeña habitación, no necesitas nada más, te espera.

Letojanni:
Anna Lisa es de ese tipo de chicas que nunca llamaría la atención en un primer momento, nunca la encontrarías en tus ojos a primera vista, entre cuerpos deslumbrantes que se adentrarían en tus pupilas desde el principio. Sin embargo, a veces, sólo hay que saber mirar. Anna Lisa posee una hermosura serena, una belleza discreta, esa clase de belleza que logra que aquella mujer que la posee, poco a poco, se vaya apoderando del lugar en que vive, del sitio en el que trabaja hasta que, poco a poco, olvidas que, alguna vez, hubo cuerpos deslumbrantes, bellezas fugaces en tu mirada. Sólo queda entonces su sonrisa, maravillosa, aunque sean las dos de la noche en Pegaso, Letojanni y, probablemente, ella esté cansada después de una larga jornada de trabajo. Ella sonríe, y todo queda en calma. Y uno, confuso pero feliz, piensa que, a estas horas de la noche, cuando ella muestra su sonrisa más sincera, se enciende Letojanni; la luz de su risa alcanza toda Sicilia, se ilumina el mundo.


Pero Letojanni no es sólo Anna Lisa; también es el delicioso helado de Salvuccio, las cenas en el Lido Ciao Ciao y sus espaguettis al escollo; el tento con limón que le pedimos a Horacio y su cara de sorpresa. Letojanni es tu timidez exacerbada, que no te permite disfrutar de un almuerzo con Tiziana y Danielle; son las horas y horas de conversación con Brita, una mujer de extraordinaria vitalidad, una mujer de insaciable curiosidad y Cinco horas con Mario, preguntas y preguntas que consiguen que vayas descubriendo el idioma en el que te hables, que consiguen que prestes atención a todas las diversos estratos de una lengua que te habita desde que naciste y algunas preguntas que quedaron, esperas responderlas pronto, en el aire. Y almuerzos de palabras, siencios y pastas, comida española, con Brita, toda una siciliana, que habla del sur con pasión y conoce tan bien esta isla, una isla a la que adorar en tantas ocasiones; aunque otras veces, como tu Sevilla, como tu sur, duela tanto. Letojanni también son horas y horas frente a la playa, escuchando el rumor de las olas, en éxtasis absoluta, sin pensar, después de un año de vorágines y vorágines, en absolutamente nada. Y lo agradeces. Sólo tú, el sol que va cayendo, la gente que se marcha, cansada de un día agotador en la playa, distintas tonalidades de azul que se apagan, y el rumor de las olas. El rumor de unas olas que te arrulla, que te hace dormitar. El rumor de las olas.
Imágenes de Messina:
Era casi la una de la tarde y ella te esperaba en la estación, siempre el tren. Con ella, el amor todavía no descubierto de sus vidas. Y era hermoso volver al andaluz, al pero, bueno, hombre, aunque un tanto exagerado, sorellina, un tanto exagerado. Y saber de su preocupación por el examen del DELE. Obviamente, también la tuya, profesor antes que amigo en los tiempos de Sevilla en que nada parecía ir mal, y tampoco hacía falta. Os acercasteis a la playa y, en el trayecto hacia ella, te habló de sus tristezas, de sus miedos, de sus nostalgias, también alegrías. La soledad de volver a un lugar que no parece tuyo y de un corazón grande que a veces dolía. Así son las cosas, Idu, aunque yo tampoco, decías, puedas entenderla. Y os bañasteis un poco en la playa pero leer, ah, leer, para ti, siempre es más interesante. Io non ho paura, leíste, y te habría encantado que fuera verdad, pero te pueden tantas cosas. Y en la playa fuiste feliz, siempre en sus fotos, siempre en tu memoria. Una sonrisa sin ridículos, una sonrisa sincera, hace poco tiempo. Y te dijeron arrivederci, tan formal, tan de usted, tan de maestro. Y escuchaste a Idu; hermanito, llegamos tarde, tenemos que comprar, no tenemos tiempo. Y la veías sonreír, su vestido de los años sesenta, belleza remacentista, pequeña belleza, en contraste con su enorme sonrisa. Nos esperan Robu, Cris, Mose, mi madre, no sé il mio papo. Y te hablaba de canciones italianas: siempre que conduzco, hermanito, me encanta poner todas las canciones a mucho volumen, y cantar, y sentirme libre, y ser feliz. Entonces tú, por primera vez, escuchaste, en la voz de la tua sorellina, en la voz de Caterina Caselli, Nessuno mi può giudicare, y la canción se quedó en tus oídos. Y hoy tus manos, escriben desde el recuerdo, desde la distancia, dando las gracias a la tua sorellina, por esa tarde, por ese viaje en coche, por esa voz que no conocías. Ahora que estás en Sevilla, ella en Roma, y tú estás escuchando, por enésima vez, esa canción; Cento Giorni y algunas más. Y lo sabes: si sabes escuchar, siempre hay algo nuevo al otro lado de la calle, también a éste, si intuyes que tu pequeño rincón en el mundo es sólo eso, descubres que sólo es una pequeña calle en una ciudad que promete tanta belleza. Y Messina queda en tus manos, ahora que recuerdan este pequeño trozo de tu viaje.

Messina:
Para ir hasta Palermo decides descansar en la casa de la tua sorellina, en la casa de Ninni y Cle, amigos ya, y, como no, allí cenarás un día, y recibirás, casi lo habías olvidado, el regalo de cumpleaños, ocho meses hace ya, ella es así, y el libro parece definir tu año, este estresante año: Io non ho paura, un libro apasionante, y una camisa que parece colorear la vida y a cuantos cerca de ella están. Y una cena con sicilianos en las que aprendes que hay expresiones casi iguales: compare, un pezzo de pizza y esas cosas que hacen que mi sentido del ridículo se pierda, para bien, en un mar de risas, algo que se ha de agradecer a Ida y a ese vivir tan espontáneo. Allí estaban Cle, la madre, profesora sin estudiantes, no hay mejor estado; Mose, el amor verdadero de Ida, aunque ella no sepa darse cuenta, Robu, y Cristina. Fue una noche perfecta para comprender por qué las tres chicas se llevan tan bien y así pasó la noche, acompañados de una botella de casera blanca que estuvo contigo desde Dos Hermanas y que apenas duró minutos, entre risas y conversaciones que acercaban la universidad italiana a la española, y el trabajo precario al trabajo precario. La preocupación de quien está terminando la universidad y teme no dar esos primeros pasos profesionales. Unas voces que se fueron apagando a medida que el cansancio se apoderaba de la noche y tú te dedicabas, desde la terraza de un segundo piso, a contemplar el puerto de Messina; también algunos niños que jugaban al fútbol. La vida sigue, aunque durmamos cada noche.

Palermo:
Hola, ¿cómo qué tal?, decía una de las tres chicas sentada frente a mí en el tren que va desde Messina a Palermo; otra de las chicas, le corregía: Hola, ¿qué tal? Como no, no aparece. Y tenía razón. Cuando Brita llamó yo respondí, tranquilamente, Hola, ¿qué tal?, y la chica, genovesa, sonrió al saber que tenía razón. Una chica de una belleza renacentista que se sentó frente a mí minutos después por entablar una conversación conmigo pero apenas hablamos. Cuando no estoy conmigo mi timidez ordena y manda. Sin embargo, fue bonito entablar con ellas algunas palabras, descubrir que también venían a pasar unos días en Sicilia, otra vez mi casa, y sonreír durante algunos minutos por un mismo destino. Y salir, desde la estación, a la caótica Palermo, siempre sin mapa, era una ciudad por descubrir. Y preguntar a dos señores en un café si sabrían dónde estaba la Piazza Manzini: nosotros vamos para allá, me dicen, así que sólo tienes que esperar a que nos tomemos el café y te acompañamos. ¿Qué quieres tú? Una granita, por favor, pero yo pag… No, non ti preocupare. Y me acompañan un poco; ahora gira a la izquierda, ahora a la derecha, así te evitas tener que pasar por esas calles tan pequeñas, desde aquí es todo recto. Después, llegará ese paseo laberíntico que tanto disfruto para hacer de una ciudad desconocida mi ciudad; acercarme a La Kalsa y relajarme durante un rato en el parque Garibaldi, para disfrutar con tranquilidad de una calle, Vittorio Emmanuelle, y todo lo que entre sus dos aceras, tanta belleza duele, se encuentra. Y quedas impresionado por la belleza de la Piazza Dei Quatro Canti, barroco en estado puro, detallado y minucioso en el que te pierdes durante minutos. Y continuar un poco más, y contemplar una de las fuentes más hermosas que tus ojos han disfrutado: la Fontana Pretoria, una fuente a la medida de la sensibilidad humana, de renacentista belleza, en la que te vuelves a encontrar a las chicas genovesas, y les haces una foto a las tres, insieme, ¿ok? Y mientras preparas la cámara sigues observando la fuente, y no deja de resultarte irónico que esta Fuente fuera conocida, en algún momento, como la fuente de la vergüenza por sus estatuas desnudas. El hombre, supones, capaz de lo mejor y lo peor. Brillante y estúpido a partes iguales. Y, justo detrás, el Palazzo delle Aquille, actual ayuntamiento, un edificio esplendoroso en el que caminar por cada una de sus escalinatas, contemplar los frescos, observar sus pasillos, es una auténtica delicia, te hace saber, como tantas otras veces en este año, que somos pequeños, muy pequeños en joyas arquitectónicas como éstas, una construcción admirable desde la que también se puede contemplar la Fontana Pretoria en todo su esplendor. Tocaba, poco después, el esplendor catalán de la catedral y una boda: largos vestidos negros a las seis de una tarde de treinta y cinco grados. Hasta el amor necesita disfrazarse, pensaste, mientras permanecías en absoluto silencio escuchando al cura y sin comprender, como siempre, porque todo gesto puro ha de oficializarse. Tradiciones, supones, y seguiste disfrutando de la elegancia de unos italianos a los que acompañaban sus negros trajes y un sol de calor.


El palacio de los Normandos y el ejército, siempre el ejército. Porque todo el mundo sabe que el ejército es la respuesta a una pregunta que nadie necesita hacerse. Y cada rincón de este mundo puede ser suyo si el terror así lo exige. Y el terror debía exigirlo porque hasta el hombre del tiempo era un militar. Por si las nubes, diría alguno. Y volver a ver a soldados tomando la calle como si fueran suyas porque esas son sus órdenes. Y después toca perderte por una ciudad caótica, por un laberinto de calles en el que no hay turista alguno y la vida se muestra en todo su esplendor. Perderse para encontrar un mercado mítico, un mercado donde la vida fluye en cada rincón, la Vucciría, un lugar para disfrute de los sentidos, donde olfato y vista pueden darse un gran festín. Y perderse en calles pequeñas para encontrar una pequeña heladería con helados a un euro y sabor celestial. El helado, siempre el helado. Y caminar durante horas hasta perderte, hasta encontrarte. Y pedir un arancino, el sur siempre el sur. Y volver a encontrarte. Y observar ángulos diferentes de una ciudad que parece perderse en su caos y disfrutar apenas de una belleza, serena y cansada, que se desvirtúa entre tanto caos. Otros ángulos de una ciudad maravillosa, casi a las siete de la tarde: en un barrio periférico, que no aparece en los mapas, el barrio chino, hay un montón de pintadas que demuestran que Berlusconi, y tantos como él, van ganando: no compres chino, chinos fuera y así así, el otro no; en una avenida poco concurrida esa tarde un perro avanza, un coche pita, el perro retrocede pero no parece conformarse porque vuelve a avanzar poco después hasta alcanzar la otra acera, repleta de tiendas. El perro se acerca a Zara, otra forma, imagino, de turismo, y el vigilante, el empleado, qué sé yo, intenta cortarle el paso. Pasan dos turistas, pero el empleado sigue intentando impedir que el perro, ya cansado, entre; éste se rinde y sigue caminando hacia la nada. El empleado sonríe y yo, tristemente, no creo que exista mejor forma de definir al capitalismo, un capitalismo éste que no aparece en las guías turísticas. El viaje ha terminado. Palermo sigue en tus pies, en tus ojos. Probablemente, el perro siga buscando un destino en el que alguien, quien sea, sea más amable. Las chicas de Génova tal vez hayan vuelto en un tren anterior a la espera de un merecido descanso. A ti te quedan tres horas de camino, que Ida te recoja en el coche, que las llaves del coche no abran, y que su desesperación por una cita que, como tantas otras, quedará en nada, se note a la legua. Te gustaría decirle que la vida en otra parte pero tú no tienes la más mínima idea de dónde está la vida esta noche, en la que hueles a calles del sur y a pasos interminables. Sonríes y te quedas dormido mientras olvidas algo que ni siquiera recuerdas.

El Etna:
Decía Goethe que Italia no podía entenderse sin Sicilia y lo cierto es que no crees que Sicilia pueda entenderse sin el Etna. Si, por ejemplo, decides viajar en tren desde Letojanni a Catania, a tu izquierda contemplarás kilómetros y kilómetros de costa; pequeños pueblos playeros, estaciones de tren que parecen a punto de sumergirse en el agua; a tu derecha encuentras, vigilante, a lo largo del viaje, el volcán Etna, visible en días con poca niebla y mucho sol. Impone contemplar que participa de todo tu camino e impone acercarse una tarde a sus colinas, a sus largos senderos que te llevan, con otros italianos, un martes cualquiera, desde un refugio hasta alguno de los cráteres secundarios, senderos desde los que contemplar los paisajes más desérticos, sí, aunque luego la naturaleza, en sus formas más diversas, logra sobrevivirse en los parajes más difícil. El hermoso arte de encontrar tu lugar en un sitio que no es el tuyo. Y te fascina contemplar ovejas caminando por un lugar en el que no existe, supones, el agua y en el que la comida, necesariamente, ha de escasear. Pero no importa, puedes encontrar los paisajes más desérticos, escenarios lunares que te dejan sin palabras pero también flores desconocidas que demuestran que la belleza tiene muy distintas formas. Y árboles que nos enseñan su orgullo; subir es duro, complicado, pero todo merece la pena, si encuentras ante ti, a lo lejos, el espectáculo único de unos pequeños ríos, tal vez lagos de lava, que se acercan a tus ojos y acaban formando parte de ti. La naturaleza en estado puro y el silencio de pupilas que contemplan un espectáculo que empequeñece, siempre para bien, a todo el que lo ve. Y es hermoso bajar, la luna como única luz, a veces e intuir cada sendero, sentir en tus deportes toda la arena volcánica que con ellos camina, también contigo. Y es fascinante escuchar el ritmo, sereno, para ti, del italiano, amado siempre, y recordar otras excursiones, siempre con Brita y con todos aquellos que aman su tierra, aunque no haya sido su tierra. Y contemplar, sorprendido, que el gris no es el único color de aquellas laderas y pueblos que se pierden en las nubes, paisajes también. Sonríes en silencio y sigues caminando: hay cosas por las que merece la pena vivir. Y recordar las imágenes, en tu memoria de tu viaje a Monte Cavallo y contemplar, desde allí, otra vez, el volcán, vigilado y vigilante, a un lado; al otro la playa. Más allá, Catania; también Calabria. Y la voz, de Brita, de Fabio, de Giovanni, mostrándote las diversas caras de una isla que parece inabordable, desconocida a medida que la conoces. Y recuerdas Mongiufi Meliá y la voz de Giovanni Curcuruto y su cantina, tan del sur, tan andaluza, y su batiburrillo cultural, apasionante en ocasiones, errónea en otras, emocionado siempre ante el sur que enseña a cada instante, aunque sean ríos hermosísimos pero sucios. A Brita, por ejemplo, también le apasiona Sicilia pero le duele, inmensamente, su descuido, el hecho de que haya ríos con lavadoras, coches, etc. La pureza de la naturaleza contra la impureza de los hombres. Una pequeña charla en la cantina de Giovanni, la promesa, no realizada, de disfrutar de una romería de domingo y palabras sobre el sur, sobre viajes, sobre la belleza que pequeños lugares que los turistas olvidan en su recorrido. Es como estar en casa, ciertamente, y todo se serena, tras una copa de vino, tras una copa de grapa. Placeres por los que merece la pena vivir, siempre pequeños placeres. Y te sabes entonces viajero, no turista, recorriendo una tierra que podría ser la tuya, si hubieras nacido en ella y que disfrutas a cada instante, lejos de grandes ciudades, de grandes centros turísticos.


Sicilianos:
Lo cierto es que fue un auténtico placer viajar la mañana siguiente, a las siete y cuarto si no recuerdo mal, con Ninni Panzera y hacer, gracias a sus palabras, un pequeño recorrido histórico por la ciudad de Messina, pequeño pero apasionante si se escucha de labios de quien tanta pasión siente por su tierra y a Ninni el sur, la Sicilia en este caso, le fascina, de ahí la pasión por enseñarla a quien, ajeno a ella como yo, quiera aprenderla en sus manos.
Sigue impresionándome la terquedad del sur a aceptar, a veces con frustrante resignación, todas sus tragedias pero también la terquedad de levantarse una y otra vez. Una ciudad que se levanta sobre el terremoto de 1.908 aunque es posible que vuelva a caer. Somos tan frágiles. Un recorrido por el arte del siglo XX, un cine, italiano, que no deja de fascinarme pero que apenas he podido ver este año por los estudios; una conversación entre dos personas muy tranquilas, me gustaría creer, Ninni y yo, sobre fútbol, arte, el Sevilla, amores y desamores de una hija a la que Cle y Ninni adoran, y una brioche que tardé más de media hora en comerme. Tranquilidad, lo llaman algunos; locura, lo llama Ida. Pero fue hermoso comprender que la infancia nos define siempre; y escuchar la historia, de labios de Ninni, de ese hombre que lee y lee y permanece abstraído ante todo lo que pasa a su alrededor; un hombre que olvida su mundo en la lectura y descubre que no queda a nadie a su alrededor excepto libros. Una felicidad completa, una biblioteca y todo el tiempo del mundo para leer aunque no sea una historia que acabe bien: se le rompen las gafas y sólo queda frustración, ahora que tiene todo lo que quiere pero no puede disfrutar de nada. Un episodio de The Twilight zone, que impresionó a Ninni y que alguien le regaló hace poco. Y el recuerdo de cada vez que Ninni intentó convencer a su hija para que estudiara inglés, aunque ella no lo aceptara nunca y ahora deba hacerlo. Y otras cosas de las que queda mucho más que el recuerdo. De todas formas, queda el recuerdo de un viaje hermosísimo con una persona, Ninni, que ama el sur, y disfruta de cada uno de sus rincones, de cada uno de sus paisajes. Como hicimos poco después, un catorce de agosto de 2008, cuando Ida, la mia sorellina, me dio una noticia genial: había aprobado el DELE superior,. Vamos, que la niña prácticamente era bilingüe. Y empezaste a pensar que aquel niño tímido y acomplejado jamás habría creído que tú estabas en Italia, como siempre habías querido, y que, con tu ayuda, tu pequeña ayuda, la chica que estaba a tu lado, con la que tantas dudas habías compartido cerca del Guadalquivir, hablaba contigo en un perfecto no español, sino andaluz. Amoooooooo, hombre, que diría ella. Y era hermoso contemplar el orgullo en la madre mientras miraba a su querida hija hablar con su profesor sevillano en un andaluz perfecto, aunque un tanto, Brita diría que no, exagerado. El orgullo de una madre algo cansada, aunque encantadora, que deseaba descansar, relajarse, disfrutar de algunas cosas. Al fondo, detrás del escenario, el Etna y las costas de Sicilia, un espectáculo en sí mismo, si la música no llega a convencerte. Y te dejas llevar por un paisaje que contemplarás este año por última vez y al que volverás cada año, si todo dice sí. Y es nostalgia escuchar a Ninni decir por qué te vas a Florencia, escuchar a la tua sorellina decir: hermanito, no una sino dos veces, en cada abrazo, la nostalgia de saber que tienes que decir hasta luego, una vez más, a tu casa. Y la voz, inteligente, de Brita, que afirma que acabarás por recorrer toda Italia. Y sólo queda entonces la espera inútil que te hace volver a un lugar que es tu casa para irte poco después. Alguna nostalgia y un “ci vediamo presto, Sicilia, la mia casa è qui”.
Imágenes de Sicilia
El helado de Salvuccio. Algunas noches con Brita en Ciao Ciao. La inteligencia tranquila de Caterina y la vitalidad de Alex; la sonrisa de Tiziana en cada una de mis tardes de lectura. La amabilidad de Giuseppe y la sonrisa, tan enorme como el mundo, de Anna Lisa. La mia sorellina y Mose esperando en la estación de trenes de Messina; esa tarde en la playa, los dos regalos y la cena. Ida en el coche cantando a Caterina Caselli y yo creyendo que moría en cada esquina. El aperitivo en Monte Cavallo y el amor por la naturaleza de Fabio. El batiburrillo cultural de Giovanni Curcuruto y su amor por su tierra. La poca educación de algunos niños en un lugar que es el suyo. La creciente presencia de un ejército. Esa maravillosa pizza en Forza D´Agró. El teatro grecorromano de Taormina y la mirada orgullosa de los padres de Ida cuando hablaba español contigo. Los ratos en que eras feliz escuchando la playa y en que volver a estar solo, en silencio, sin alumnos era un descanso, un oasis cercano. El laberinto caótico de Palermo. Y tantas otras cosas.