Archive for Marzo, 2010

Sicilia


2010
03.17


Viajar a Sicilia ha sido como estar en casa, en una casa que todavía no había estado pero en la que podría vivir toda una vida. Sobre todo, gracias a Brita, una de mis antiguas estudiantes, una mujer que nació en 1954, con una vitalidad increíble, una curiosidad insaciable y un enorme amor por Sicilia. Brita, la señora Brita, nos ha hecho sentir parte de ese pueblo de la costa oriental de Sicilia, en el que he comido con los camareros del lido Ciao Ciao, en el lido de sus sobrinos. Pueblo en el que he probado el helado de Salvuccio, dicen, y tienen razón, el mejor helado de la zona. Y una casa de campo, de la señora Brita, donde hemos cenado bajos las estrellas, donde yo he cocinado algunas veces para ella y otras ella para mí. Revuelto de jamón, pasta, el sur se acerca al sur, siempre. Un lugar del que sentirnos parte, en el que hemos compartido conversaciones con Pepe, Luccía, el jefe de la estación de tren, un hombre que vivió en Venezuela veinte años. Manolo lo definió de forma genial: tengo la sensación de que todo ha pasado muy rápido y de que llevamos años viviendo aquí. La brevedad del viaje y la comodidad de ser parte de un lugar en el mundo durante algunas semanas. Después de Letojanni, vendrían Alcántara, Taormina, Catania, Siracusa, Noto, etcétera, etcétera.


El italiano, los italianos, y yo (también Manolo):
Manolo llegó a Letojanni un martes y cinco minutos después de llegar a nuestra casa, nos hablaban, esa costumbre tan del sur, desde el balcón de enfrente, dos mujeres sicilianas de unos sesenta años. ¿Eres estudiante?, me preguntaron. Un estudiante de 35 años, que todavía no ha aprobado Historia de la lengua, sí, pensé yo, pero no, no lo era. Ya no. Ahora soy profesor, y la mujer me dijo: ah, como siempre estás leyendo. Otra de mis costumbres en Letojanni: leer en el balcón, con el mar de fondo. A Manolo le preguntaron si era de Catania; del centro, pensamos los dos, claro, del centro de Catania. Después nos preguntaron si podían ver la casa, ya que querían alquilarla. Y, poco tiempo, después allí estábamos Manolo y yo, con un italiano precario, enseñando la casa a dos matrimonios sicilianos, que la recorrían entre preguntas a las que, a veces, podíamos contestar. Nos dieron la mano, nos dijeron gracias, ¿hay aire acondicionado?, ha sido un placer. Y allí nos quedamos Manolo y yo, con la sensación de protagonizar una película. Estas cosas, dijo Manolo, sólo pasan en Italia. En el sur, diríamos después, sólo pasan en el sur.

Me acerqué a Catania la primera vez solo, sin guías, mapas, nada de nada. Viajar como un turista verdadero, a pesar de los intentos posteriores de Manolo, es algo que soy incapaz de hacer por ahora. La organización y yo parecemos enemigos irreconciliables. Así que recorrí los alrededores de la ciudad, antes de entrar en el centro y era como estar en casa, en las calles por las que tanto he caminado en Andalucía, calles con gente que vendía frutas en las aceras, zonas empobrecidas, muy sucias, gente en los parques. De repente, al atravesar un pequeño pórtico, puedes dejar atrás esas zonas en sombra que también forman parte de esta ciudad. Entonces aparece la inmensa Piazza del Duomo y la Fuente del Elefante, la luz de calles, la calle del Etna, renacentistas que hablan de la belleza que puede lograr el ser humano. Paseé por aquellas calles que, como tantas otras en Sicilia, me han aportado serenidad, tranquilidad, y disfruté de cada paisaje, de cada calle, de cada rincón que se convertía en realidad. Llegué a los jardines Bellini, donde estaba escrito, en césped, el día en que nos encontrábamos que yo, como siempre, no recuerdo. El mercado de la Pescheria no lo pude ver hasta una semana después, ya con Manolo, señal inequívoca de que la vida, en el sur, transcurre al aire libre. La explosión de vitalidad era genial; vida latente en cada centímetro. Una buena forma de descubrir una ciudad, de hacerla tuya porque la sientes como tuya. Y solo, solito, solo, volver a la estación de tren para volver a casa. Allí, a mi lado se sentaron dos taxistas de Catania, que me hablaban, en siciliano, de que las mejores cosas eran aquellas por las que no había que pagar, por ejemplo, el aire acondicionado de la estación de tren; después, de una cita de un filósofo cuyo nombre desconocían; la cita era Cuanto más conozco a los hombres, más amo a mi perro. El filósofo, tedesco, era, pedante de mí, yo lo sabía, Schopenhauer. Y uno de ellos me preguntó: de dónde es. De Alemania, repetí. No, dijo él, de dónde eres tú. Ah, yo, de Sevilla, de España. Bella tierra, la España. ¿Qué has visto de Sicilia? Algunas cositas, les dije, Catania me ha encantado. Bella tierra Catania, aunque los de Catania, la mitad cornudos, dijo él, que era de allí. ¿Español? Tengo un regalo para ti. Un momento, ahora vuelvo. Y trajo una pequeña guía (más de 30 euros) de Catania. Un gesto hermoso por el que sólo pude darles brevemente las gracias, ya que el tren salía unos minutos después.


El descenso del Sella


2010
03.15


El río Sella nace en los Picos de Europa y desemboca en el mar Cantábrico. El descenso del Sella es algo muy divertido de hacer si estas unos días por la zona.
Se recomienda hacerlo en verano para que el río no vaya con mucha fuerza. En Ribadesella encontrareis muchos sitios donde alquilan las canoas para hacerlo. Mirad en varios lugares porque cada una ofrece diferentes cosas. Todas ellas incluyen el traje de neopreno (una con chaqueta, zapatos, otras pantalón corto..), según la época del año se agradece ir bien preparado. El sitio donde nosotros alquilamos las canoas incluía un bocadillo, una manzana y una lata de bebida. Las canoas pueden ser individuales o dos.
El recorrido más largo es de unos veinte kilómetros. Puedes decir para antes.
Bajando el rio te puedes estar todo el día. Hay diferentes sitios para pararse y descansar un rato, incluso hay diferentes puestos donde poder tomar algo. Si se hace en verano la gente se para y se baña.
En principio lo pueden hacer los niños también, aunque yo no sé si lo aconsejaría.

Nosotros fuimos una semana santa y la verdad es que el tiempo no nos acompañó demasiado. El descenso empezó bien, pero tuvimos algún que otro percance que ahora recordamos entre risas. Lo peor es que empezo a llover de mala manera y por lo tanto cogimos frío, bueno alguno cayeron al agua y el frio ya no se les fue hasta llegar a casa. El último rato se nos hizo eterno, aún así volveríamos a repetir! (eso sí, en verano).