Viajar a Sicilia ha sido como estar en casa, en una casa que todavía no había estado pero en la que podría vivir toda una vida. Sobre todo, gracias a Brita, una de mis antiguas estudiantes, una mujer que nació en 1954, con una vitalidad increíble, una curiosidad insaciable y un enorme amor por Sicilia. Brita, la señora Brita, nos ha hecho sentir parte de ese pueblo de la costa oriental de Sicilia, en el que he comido con los camareros del lido Ciao Ciao, en el lido de sus sobrinos. Pueblo en el que he probado el helado de Salvuccio, dicen, y tienen razón, el mejor helado de la zona. Y una casa de campo, de la señora Brita, donde hemos cenado bajos las estrellas, donde yo he cocinado algunas veces para ella y otras ella para mí. Revuelto de jamón, pasta, el sur se acerca al sur, siempre. Un lugar del que sentirnos parte, en el que hemos compartido conversaciones con Pepe, Luccía, el jefe de la estación de tren, un hombre que vivió en Venezuela veinte años. Manolo lo definió de forma genial: tengo la sensación de que todo ha pasado muy rápido y de que llevamos años viviendo aquí. La brevedad del viaje y la comodidad de ser parte de un lugar en el mundo durante algunas semanas. Después de Letojanni, vendrían Alcántara, Taormina, Catania, Siracusa, Noto, etcétera, etcétera.
El italiano, los italianos, y yo (también Manolo):
Manolo llegó a Letojanni un martes y cinco minutos después de llegar a nuestra casa, nos hablaban, esa costumbre tan del sur, desde el balcón de enfrente, dos mujeres sicilianas de unos sesenta años. ¿Eres estudiante?, me preguntaron. Un estudiante de 35 años, que todavía no ha aprobado Historia de la lengua, sí, pensé yo, pero no, no lo era. Ya no. Ahora soy profesor, y la mujer me dijo: ah, como siempre estás leyendo. Otra de mis costumbres en Letojanni: leer en el balcón, con el mar de fondo. A Manolo le preguntaron si era de Catania; del centro, pensamos los dos, claro, del centro de Catania. Después nos preguntaron si podían ver la casa, ya que querían alquilarla. Y, poco tiempo, después allí estábamos Manolo y yo, con un italiano precario, enseñando la casa a dos matrimonios sicilianos, que la recorrían entre preguntas a las que, a veces, podíamos contestar. Nos dieron la mano, nos dijeron gracias, ¿hay aire acondicionado?, ha sido un placer. Y allí nos quedamos Manolo y yo, con la sensación de protagonizar una película. Estas cosas, dijo Manolo, sólo pasan en Italia. En el sur, diríamos después, sólo pasan en el sur.
Me acerqué a Catania la primera vez solo, sin guías, mapas, nada de nada. Viajar como un turista verdadero, a pesar de los intentos posteriores de Manolo, es algo que soy incapaz de hacer por ahora. La organización y yo parecemos enemigos irreconciliables. Así que recorrí los alrededores de la ciudad, antes de entrar en el centro y era como estar en casa, en las calles por las que tanto he caminado en Andalucía, calles con gente que vendía frutas en las aceras, zonas empobrecidas, muy sucias, gente en los parques. De repente, al atravesar un pequeño pórtico, puedes dejar atrás esas zonas en sombra que también forman parte de esta ciudad. Entonces aparece la inmensa Piazza del Duomo y la Fuente del Elefante, la luz de calles, la calle del Etna, renacentistas que hablan de la belleza que puede lograr el ser humano. Paseé por aquellas calles que, como tantas otras en Sicilia, me han aportado serenidad, tranquilidad, y disfruté de cada paisaje, de cada calle, de cada rincón que se convertía en realidad. Llegué a los jardines Bellini, donde estaba escrito, en césped, el día en que nos encontrábamos que yo, como siempre, no recuerdo. El mercado de la Pescheria no lo pude ver hasta una semana después, ya con Manolo, señal inequívoca de que la vida, en el sur, transcurre al aire libre. La explosión de vitalidad era genial; vida latente en cada centímetro. Una buena forma de descubrir una ciudad, de hacerla tuya porque la sientes como tuya. Y solo, solito, solo, volver a la estación de tren para volver a casa. Allí, a mi lado se sentaron dos taxistas de Catania, que me hablaban, en siciliano, de que las mejores cosas eran aquellas por las que no había que pagar, por ejemplo, el aire acondicionado de la estación de tren; después, de una cita de un filósofo cuyo nombre desconocían; la cita era Cuanto más conozco a los hombres, más amo a mi perro. El filósofo, tedesco, era, pedante de mí, yo lo sabía, Schopenhauer. Y uno de ellos me preguntó: de dónde es. De Alemania, repetí. No, dijo él, de dónde eres tú. Ah, yo, de Sevilla, de España. Bella tierra, la España. ¿Qué has visto de Sicilia? Algunas cositas, les dije, Catania me ha encantado. Bella tierra Catania, aunque los de Catania, la mitad cornudos, dijo él, que era de allí. ¿Español? Tengo un regalo para ti. Un momento, ahora vuelvo. Y trajo una pequeña guía (más de 30 euros) de Catania. Un gesto hermoso por el que sólo pude darles brevemente las gracias, ya que el tren salía unos minutos después.

