Crónica de un viaje a Jena (enviado por un lector)

2010
03.23



Llegada a Jena:
La primera vez que uno sale de su ciudad, de la que un buen amigo dice que el mejor lugar es la estación, porque desde allí te puedes ir a cualquier otro sitio, la primera vez, uno piensa, tal vez el avión sea un modo como otro cualquiera de llegar a los rincones más lejanos. Y se acuerda de los monólogos de Gila. Los cinturones del avión son para que no se desparramen los cadáveres; ¿chaleco salvavidas? Ya es mala suerte ir de Madrid y Murcia, y caer en un charco; todos tenemos asignados nuestro día; pues como sea el día del piloto. Y uno entra en el avión después, claro, de que le haya pitado el dinero que llevaba (cinco putos céntimos) el detector antimetales. Y uno entra en el avión, y todo el mundo está en calma. Y se pone el cinturón. Como todos hacen. Al menos eso cree. Pero descubre que no está tan apretado como debería estar. Y siente cada vibración del aparato, nunca mejor dicho, a treinta mil pies de tierra. Y se dice que es la única vez en la que estará tan cerca de un vibrador. Y mientras todo sigue vibrando contempla estupefacto cómo la vieja (perdón, la anciana) que tiene a su lado lee tranquilamente el periódico. Y piensa: esperemos que no sea la sección de esquelas. Y Jena existe, al menos en ese momento, su aeropuerto. Y se abren las puertas, y ante los ojos, cansados ya, del visitante, aparece una chica que podría ser tres veces el visitante, llevando un ramo de flores secas. Y el visitante piensa, o se ha comido las flores, o se ha comido a los que traían las flores. Entonces, detrás de esta mole, descubre a sus amigos. Y se dice: menos mal. Y se marcha con ellos en tren. Y, así se lo cuentan sus amigos, la voz que anuncia la llegada del tren ha de pertenecer o a una hombre que está borracho, o a una persona muy campechana. Porque ha dicho, traducido al español, picha, el tren va a llegá en unos cinco minutos, vamos, eso creo, eso me han dicho. Y después de seis horas de viaje estamos en casa.

Meetings with doctor Strangelove a.k.a Win the Winner:
El café era precioso. Un café para estudiantes con poca luz y mucho silencio. Pero seamos consecuentes con el tiempo, y empecemos por el principio. Nos acercamos a la Universidad, ese centro cultural donde se reúnen animales de todo pelaje, para esperar al doctor Strangelove. Ya se sabe: el amor puede esperar. You can´t hurry love. Y nos acercamos al café, donde nos recibe un camarero con los adorados colores de la tierra patria, el rojo y amarillo de la España nuestra, por decir algo. Y el doctor Strangelove, en pleno uso de sus capacidades mentales, dice, en alemán, claro: estos dos chicos son españoles, España, oeoeoe oe. El camarero, en su mejor español, dice cinco, mientras sirve dos cervezas checas de medio litro. Medio litro para una persona que ha bebido apenas tres litros de cerveza en su vida es mucha cerveza. Y se sientan porque el visitante, seamos sinceros, apenas puede con la jarra de cerveza. Y comienzan a hablar, y el doctor Strangelove pregunta, en inglés, a una persona que había conocido diez minutos antes: ¿qué puedes decirme del amor? Y el visitante, que mira un tanto perplejo a su amigo mientras este le dice, es normal, dice: sé muy poco del amor, porque para saber de amor, como dijo el poeta, haber estado solo es necesario, por decir algo, mientras piensa You can´t hurry love y decide que lo mejor para su cerebro es visitar mundos menos extraños. Queda ya menos de medio litro de cerveza y el doctor Strangelove mira fijamente al chico, y le pregunta, mientras el chico no sabe si ha entendido bien, por los abortos en la postguerra en Andalucía. El visitante intenta decirse You can´t hurry love pero esta vez parece imposible. Y se bebe el resto de la cerveza en un tiempo extraordinariamente breve. Están, habla su amigo, tan cansados; quieren irse a dormir. Y uno piensa, mientras vuelven a casa, que hay gente que puede hablar durante horas para no decir nada.


Nota del editor: obviamente, todo lo narrado por el autor en el párrafo anterior surge de la mente desquiciada de este porque, seamos sinceros, ¿de verdad existe gente como la que se describe en estas líneas?

El día en que vi la nieve por primera vez:
Siempre quise ver la nieve. Participar del cuento de hadas que nunca había sido mi infancia. Y lo mejor, pensaba, era ir a algún lugar frío para contemplar cómo la nieve caía por primera vez sobre mí. Aunque mi amigo me había advertido que nevar, nevaba sobre todo en febrero y marzo. Pensé entonces: con mi suerte, no nevará en diciembre. Y las primeras señales, seamos sinceros, no eran demasiado alentadoras: sol, no demasiado frío, en diciembre, en Alemania. Al menos, las cosas que se dice uno para consolarse, no pasaré frío. Sin embargo, uno de los días, estábamos cansados, y nos quedamos dormidos mientras veíamos una película, al salir a la calle, descubrí, casi extasiado que había nevado. Dos hadas buenas habían pedido nieve para mí. Aunque fue un tanto decepcionante saber que no había visto caer la nieve era precioso saber que la nieve estaba sobre las calles. La nieve sabe que la gente existe porque vive en sus huellas. Un papel en blanco, un mundo mágico donde todo es creado por primera vez. Un día después, caminamos sobre más nieve, mientras yo creía que mis dedos y mis orejas habían desaparecido. No me importaba; era hermoso ser parte de un mundo lleno de nuevas posibilidades, un papel en blanco donde leer tantas vidas.


Una tarta de cumpleaños, y el humo de unas velas que casi queman la camisa de una amiga. Y, como hemos dicho, un pastel exquisito cocinado por dos chicas encantadoras. Y una tierra que contemplar. Y llegó la nieve desde el cielo, en pequeños copos, un día siguiente, un apacible domingo, en una pequeña plaza donde muchas personas habían combatido contra Hitler por la libertad. Y comprendí que el mundo, a veces, puede ser maravilloso. Y la nieve comenzó a caer: déjate llevar por el niño que has sido. Un niño de siete años bajo la nieve pensando en la gente que luchó por hacer de este un mundo mejor. Y sabiendo que los amigos, estén donde estén, son parte de uno mismo. Sabiendo que ellos son parte de los días que vendrán.


Cinco horas con Mario:
Uno de los días en que su amigo, llamémosle Juan Antonio, porque prometimos no dar los nombres verdaderos, tenía mucho trabajo, y el visitante no quería distraerlo, decidió quedar con la novia de Juan. No digamos con la novia de Juan, que se enfada; decidió quedar, mejor así, con la novia de Antonio. Y se convirtió en un placer absoluto escuchar las cosas que ella dice mientras toman una pizza a miles de kilómetros de la ciudad natal del viajero. Se puede ser feliz tan poco: una pizza, el placer de escuchar a una chica tan sencilla como inteligente. Y uno se olvida de sí mismo para escuchar a los demás. Y se habla de trabajo, de amor, de inseguridades, de las sombras de un pasado que nos llevan a ser las luces que somos hoy. Conscientes de nuestra propia fragilidad, intuimos la fragilidad de los otros. Y ella habla, en definitiva, de la vida, de la vida de cada uno de nosotros. Y uno recuerda entonces que la gente buena, a veces, es la que más sufre. Hay gente, pensamos, que puede decir tantas cosas con tan pocas palabras. Que posee la capacidad de expresar las palabras justas para colmar tu sed. De satisfacer tu serenidad. Y el mundo se hace más inmenso si ellos están cerca.

Yo viajé con el muñeco diabólico:
Vivir, desde el principio, es separarse. Saber que debemos volver a nuestras vidas, mientras las personas con las que hemos compartido un tiempo quedan en nosotros, van formando parte de nuestro espacio. Y nuestro tiempo. Llegan las primeras despedidas, caen las primeras lágrimas. Y las primeras sonrisas ante las promesas imprecisas de que ocuparemos alguna vez el mismo espacio y el mismo tiempo. Son las cosas en las que piensas mientras penetras en el segundo avión. Minutos después de haberte sentado, con la tensión ya de saber que te queda poco para volver a tu vida, un niño encantador, de unos cinco años, se sienta a tu lado, y lo primero que recibes es una caricia en forma de patada. La madre advierte al niño que no debería molestar al chico que está a su lado. Tú, muy amablemente, le indicas que no importa. Entonces, cuando el avión empieza a despegar, el niño le pregunta con curiosidad a su madre si el avión va a explotar ahora o después. Ya con el avión en vuelo, intentas dormir un poco, mientras el niño dice, en voz alta, que en el avión no va a dormir nadie porque él no quiere. Y, efectivamente, en el avión, durante la hora y media del viaje, nadie duerme, a causa de las travesuras infantiles de un niño encantador. Bajas del avión y te dices por fin, pero las maletas tardan una hora en volver a tus manos. Y te dices: he vuelto, este país sólo puede ser España. Aunque es bueno sentir las primeras sensaciones de calorcito por el cuerpo en dos semanas.


Joni Mitchell:
Y decidimos, porque no hay nadie a nuestro lado, que acaso una de las personas con las que hemos compartido nuestro tiempo, tan parecida a nosotros, pueda disfrutar de la misma música que a nosotros nos desgarra por dentro en muchos momentos. Es todo lo que queremos. Porque la cultura no es nada si no la compartimos. Porque no somos, así deberíamos entenderlos, más que puertas a otras casas. Y esperamos que alguien, en este mundo, a miles de kilómetros de distancia, esté escuchando la misma música que a nosotros puede desgarrarnos por dentro. Y nos sentimos felices, serenos, ya que recordamos su voz. Y pensamos en las personas que nos piensan. Y sabemos que existimos porque nos piensan. Son las dos de la mañana de un martes cualquiera, suenan los primeros acordes de All I want, y pienso en el viaje, en los amigos, en los días que vendrán: And I´m travelling on a lonely road. Miro con dulzura una tarjeta de felicitación, un calendario de Turingia, mientras saboreo un pequeño trozo de chocolate. Y sé que la memoria es vida. Y saboreo aun más el chocolate. Va por vosotros.

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